Después del pecado de nuestros primeros padres, lo pronunciado por la boca de Dios fueron sentencias tristes para el ser humano: “-dijo a Adán Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; … a la mujer le dijo: “parirás con dolor” y la sentencia más conocida por todos: “pues polvo eres, y al polvo volverás.”. Gn 3, 1ss
Con esta última expresión no sólo se frustró el destino que nuestros primeros padres deseaban, pues querían ser como dioses, sino que el final fue humillante (recordemos que humildad proviene de la palabra latina humus: tierra), pues del polvo salieron y al polvo retornarían. Nada de ser dioses, nada de paraíso…sólo el polvo.
El polvo del que hemos sido creados señala nuestra condición frágil, débil e inestable. Este material de la tierra es inconsistente, fácilmente conducido por el viento. Hablar de polvo es hablar de suciedad y bajeza.
Es por esto que en la Iglesia Católica, al iniciar la Cuaresma, se nos recuerda con el gesto de poner ceniza en la cabeza nuestra condición humana. Somos frágiles, débiles y pecadores. Pareciera que el mal tiene una vía libre hacia el interior de cada hombre para hacer con él, todo cuanto le plazca.
Pero, ¿será ésta nuestra única realidad y condición?, ¿sólo éste es nuestro origen y nuestro destino final?, o ¿hay algo diferente para el que una vez fue creado por las manos de Dios en el jardín del Edén?
Afortunadamente, para todos hay una luz de esperanza, ya que la última palabra no la tiene el pecado y el mal que parecen reinar en el mundo. Es cierto, fuimos creados del polvo, pero Dios también nos creó a su imagen y semejanza, con las facultades espirituales de la inteligencia y voluntad, y sobre todo, con la capacidad de amar, pues recibimos, desde el inicio de la creación, su “ruaj” o viento de vida.
Haber sido creados a su imagen y semejanza fue sólo el inicio de algo aún más maravilloso, ya que Dios tenía preparado para todos una gran sorpresa. Dios proyectó desde el principio que llegáramos a ser sus hijos. Para realizar esta obra extraordinaria envió a su Hijo muy amado. Él también formó parte de nuestro polvo, haciéndose hombre elevó nuestra dignidad a algo nunca antes imaginado. Con razón, Ortega y Gasset afirma que “Si Dios se ha hecho hombre…ser hombre es la cosa más grande que se puede ser”.
Jesús, el Señor, alcanzó para todos la filiación divina; somos hijos en el Hijo, como lo afirma santo Tomás de Aquino: “lo que en Jesús es por naturaleza, en nosotros se da por la gracia”. De modo que nuestra condición actual supera y por mucho, a la inicial, porque “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”, como afirma san Pablo (cf. Rom.5,20). Lo que recibimos en Cristo Jesús es infinitamente mayor a lo recibido por nuestros primeros padres en el jardín del Edén.
Si las malas noticias nos entristecen, las buenas noticias nos transforman y nos llenan de una profunda alegría. Jesús vino a traernos la Buena Noticia del nuevo destino de la humanidad. Ya no será el polvo, sino el cielo, el paraíso que se había cerrado desde el principio. Ya no somos hijos de la tierra, sino que ahora somos hijos muy amados de Dios. “Tanto nos amó que envió a su Hijo único para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” Jn 3, 16
Existe un rito en el ofertorio de la Misa, donde el sacerdote pone un poco de agua en el vino y dice en voz baja: “el agua unida al vino sea el signo de nuestra participación de la vida divina de quien ha querido compartir nuestra naturaleza humana”. La Buena Noticia es que Dios se hizo hombre para que nosotros alcancemos una vida que no nos es propia, pero que Él nos ofrece en abundancia: la vida eterna. Fuimos creados para la eternidad y recordemos que mientras estemos en este mundo vivimos como extranjeros, ya que nuestra patria no es ésta, sino el cielo, porque somos hijos de Dios y todo hijo no puede vivir lejos de su padre y nuestro Padre es Dios.
Dios se ha unido a nuestro polvo, para que nosotros nos unamos a su divinidad por medio de su sacrificio en la cruz, su resurrección gloriosa y nuestra inserción a la vida de la gracia por el sacramento del bautismo.
Todo es don y tarea. Ser hijo de Dios es un regalo muy valioso que nos viene del Cielo, pero es también una tarea. Tenemos la responsabilidad de manifestar al mundo aquello que somos. Un hijo debe comportarse como su padre y si nuestro Padre es el tres veces santo, la santidad tiene que ser nuestro distintivo; y si Dios es amor, el amor tendrá que ser nuestra bandera y nuestra carta de presentación.
Se trata de un amor que transforme el mundo que nos rodea, donde se luche por el bien, la justicia, la verdad, especialmente para los más desprotegidos, los que menos tienen, los marginados, los que nada valen a los ojos del mundo y los que ,para muchos, no son mas que polvo. A ellos debemos llegar con nuestro amor a través del ejercicio de la caridad.
Si queremos pasar del polvo a la dignidad de ser hijos de Dios, debemos comportarnos como tales. No se trata sólo de llamarnos hijos de Dios, sino de serlo en verdad.
Por: Padre Roberto Figueroa
“Abraham respondió, y dijo: He aquí, ahora me he atrevido a hablar al Señor, yo que soy polvo y ceniza”. Génesis 18, 27
Nada más triste que una mala noticia. Éstas, frustran hasta los momentos más especiales y significativos de la vida.
2 comentarios
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Viernes, 22 Febrero 2013 21:35
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Carmen Romero De Dios
Miércoles, 30 Enero 2013 01:40
Maravilloso lo comentado efectivamente si somos a imagen y semejanza de Dios estamos llenos de su gracia y eso debemos cuidarlo.
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