“Les dejo la paz, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo. No se turbe su corazón ni se acobarde. Han oído que les he dicho: "Me voy y volveré a ustedes."Si me amaran, se alegrarían de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo”. “Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo." (Juan 14, 27-28; 16, 33)
El mundo está cambiando y nosotros juntamente con él. Estamos viviendo una transformación muy importante donde lo inmediato es lo que cuenta. La gente ya no sabe esperar y las prisas nos van marcando el paso. Nos estamos acelerando en casi todos los aspectos de nuestra vida y entre más rápido se hagan las cosas, mejor. Cada vez nos estamos dando menos espacios de paz y tranquilidad.
No quiero que suene lo que voy a decir a que, los tiempos de antes eran mejores que los de ahora, no es mi intención. Sólo quiero señalar un fenómeno muy claro en momentos distintos. Quienes ya tenemos algunos kilómetros recorridos recordaremos que el ritmo de vida hace unos años era muy diferente a los actuales. Por ejemplo, ir a comer a un restaurante era todo un acontecimiento. Desde que llegabas al lugar con aquella parsimonia y alegría, el tiempo que se tomaba para atenderte y servir los alimentos, todo lo que se podía platicar en familia o con los amigos, realmente era un disfrute.
Ahora, para ir a comer, con la idea del “fast fud” o “comida rápida” todo ha cambiado, porque apenas te sientas a la mesa y prácticamente ya te están entregando la cuenta, o simplemente pasas en el coche y en cuestión de minutos está lista tu comida para llevar. A veces las promociones en algunos lugares ofrecen que si no llega el repartidor en 30 minutos, la comida es gratis. En pocas palabras velocidad, velocidad y más velocidad.
Son increíbles y lamentables los casos que se están presentando en nuestra sociedad hoy en día, donde padres de familia olvidan a sus bebés en los coches, incluso éstos llegan a morir calcinados por el terrible calor que se genera dentro del automóvil y todo por tener que ir a prisa al trabajo.
En la Biblia, en el libro del Eclesiastés (capítulo 3) se nos dice que “todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo…” Y es cierto, Dios creó el tiempo y a cada cosa le da su valor. Pero si, ciertamente Dios inventó el tiempo, es verdad también que nosotros inventamos la prisa. Nos cuesta entender que todo lleva su paso y que, aquellas cosas que valen la pena y trascienden, necesitan de un buen espacio de tiempo. No podemos acelerar procesos ni adelantar momentos, ya que las consecuencias pueden ser desastrosas. Por ejemplo:
Cuántos noviazgos terminan por la exigencia del novio a la novia o viceversa, porque se exigen algo a lo que no están preparados a dar. Cuántas veces se han destruido matrimonios por haberse “adelantado” en la decisión de casarse. Es triste ver a padres de familia frustrados porque sus hijos no se comportan como adultos, siendo todavía unos niños o adolescentes. No se dan cuenta que aún no es el momento.
Como fruto de todas estas cosas aparece un fenómeno en nuestra sociedad y ahora muy acentuado en nuestras familias: LA IMPACIENCIA. Nos desesperan los demás, no somos capaces de aguantar alguna situación. A los padres les desesperan los hijos y éstos no se quedan atrás y más cuando son adolescentes. Cada vez tenemos menos tiempo para nosotros mismos, para los demás y no sólo esto, cada vez tenemos menos tiempo para lo más importante, incluyendo a Dios.
Esto ha gran escala es lo que va produciendo, en muchos de los casos, la VIOLENCIA que carcome desde lo más interno de la persona hasta los diferentes ámbitos donde se desenvuelve. La violencia ya no es algo exclusivo de aquellos que tienen en sus manos los destinos del mundo, lamentablemente ha penetrado hasta lo más sagrado de la sociedad: la familia. Las rivalidades se hacen presentes a la orden del día.
¿Por qué pasará todo esto? ¿Por qué el corazón del ser humano se ha vaciado de tantas cosas tan valiosas? Pienso que cada vez hay menos paz interior y más aún, se busca menos a quien puede darles la paz. Nos hemos dejado de preocupar y ocupar en aquello que vale verdaderamente la pena. Ante un mundo tan materialista las cosas del espíritu pasan a un segundo término. La oración, los retiros espirituales, los momentos de reflexión y la búsqueda de la riqueza interior como los valores, virtudes, cualidades, aquellas cosas que no tienen peso, talla o medida porque son cosas del espíritu han quedado, para muchos en el olvido.
Algunas personas han tratado de dar respuesta a todo esto que está sucediendo y buscan en el yoga o en ejercicios de concentración la manera de encontrarse con ellos mismos y con la paz que necesitan para vivir mejor.
San Pablo, en su carta a los Efesios nos dice claramente que Cristo Jesús es nuestra paz. Para que el hombre no busque a tientas a quien puede darle la paz, Dios nuestro Padre nos envió a su Hijo, quien con su palabra y su manera de vivir nos ofrece la verdadera paz, aquella que no es fruto de las circunstancias, sino del espíritu. No se trata de una paz como ausencia de guerra o como un espacio entre dos momentos de batalla, sino como la condición interior donde la persona responde con ecuanimidad, asertividad y sabiduría en medio de un torbellino de problemas y dificultades.
La paz de Dios es la que le ofrece al hombre la condición necesaria para actuar adecuadamente en cualquier situación. Es aquí y sólo aquí donde la persona siente la capacidad para realizar cualquier acción que se le encomienda por ser esta paz la base de todas las demás virtudes, ya que sin paz no hay alegría; sin paz no hay fe; sin paz no hay espíritu de servicio, etc.
Urge que, en medio de un mundo acelerado surjan de entre nosotros hombres y mujeres que quieran tomar el estandarte de una condición más espiritual donde Dios mismo sea la fuente de nuestra vida y de nuestra paz. Queremos que desaparezca la violencia, la inseguridad, el miedo y tantas cosas aberrantes que seguimos escuchando en los medios de comunicación. Dios es nuestra paz y la respuesta en nuestra vida y lo experimenta el que lo busca. No es fácil, se trata de todo un camino, pero sólo quien valientemente se atreve a recorrerlo encontrará las mieles de una vida plena y feliz.
La paz del Señor esté siempre con ustedes.














